Hay mucho por escribir

Si hoy me topara a la muerte de frente.

Le invitaría a un café.

Le contaría mis planes para mañana.

O mi sueño, tan solo eso.

Tachado de pesadilla,

sobre el último requisito para terminar nuestros días.

De color vino de arroz.

Como el tomado en Japón.

Ambientado al viento lejano, fresco y salado.

O le pondría al día, como viejos amigos.

Nos burlaríamos de los vivos.

Una vez más,

la fiebre impide el progreso de una promesa.

Primero dicha entre dientes,

pretendiendo provocar una carcajada.

Añeja y franca,

recién extraída del pozo,

a la fuerza y con palanca.

A espaldas del lobo,

que se había distraído con la lluvia,

Y el coro casi sangrante de ángeles caídos junto a la última lágrima carmesí.

Temiendo que sea verdad,

Una gutural,

Escrita en piedra y arrojada al panal.

¡Qué desastre! ¿No? Quizá.

Siempre y cuando la oración no encuentre dios.

Mis tambaleantes rodillas no imploran perdón.

Para cuando el agua se ahoga en su propio vacío,

Ya el alma desesperada habrá cruzado la eternidad.

Tomándole por el tobillo la pierna escuálida y pálida,

De sorpresa mientras esperaba que llegara el mañana.

Interrumpida, pobrecilla,

por una rueda marrón que cruzaba en vía contraria.

Solo buscaba ayuda.

¡Solo eso necesitaba!

Cuando se paraba sobre brazos,

con los ojos boca abajo,

a mirar por la ventana,

que adrede colocó entre el rodapié y los rosarios.

Y le sorprendía el destello de la estrella dorada.

El neohumano.

El tercer punto suspensivo sobre el final del infinito.

Me encontró,

al igual que yo,

Incrédulo, con paraguas en mano.

Patinando sobre clavos piramidales,

En patrón oceánico.

Una vez más.

Los cambios alimentan el paso del dolor.

Si hoy me tocara dejar esta vida.

Empacaría para el viaje.

Haría planes para cuando regrese.

Aún sabiendo que es para siempre.

Dejaría el plato a medio comer.

Y una lista de cosas por hacer.

Porque si hoy me viera por fin sin salida.

Buscaría la manera de quedarme un poco más.

Sin plegaria, perdón ni despedida…

Conmemoración

Tic toc, hace el reloj.

A la una en punto irrumpió un temblor.

Se rompió el silencio, la virgen lloró.

No tocó la tierra sino hasta las dos.

Tic toc, hace el reloj.

Las tres en punto disiparon las dudas.

De poco en poco, de las cuatro a las cinco.

La pluma danzó, la tinta cantó.

Tic toc, hacía el reloj.

Eran las seis cuando leí la oración.

De sueños inconclusos, heredados y absurdos.

Que tiñó de blanco, con un himno y con honor.

Y por las siete, las ocho o quizá fueron las nueve.

La esperanza posó como fondo del paisaje.

El espejo retrataba el fuego y su fachada.

Y una voz acallada produjo una sonrisa.

Era una idea tan profunda, tan pobre e incomprendida.

 

Tic toc, hacían las diez.

La confianza y el humor empezaban a aparecer.

Tan temprano llegaron los que se quedaron para siempre.

Con un apoyo sobre cada hombro entre las once y las doce.

Sin pronunciarlo, sin insinuarlo.

Juraron compañía eternamente.

Y al ser las trece se desmoronaba el cielo.

El miedo y la ira bailaban peligrosamente.

Una cuerda sería suficiente.

Pero entre tanta soledad no cabía toda la gente.

Catorce campanadas agitarían mi corazón.

Por primera vez, quizá, y para siempre sin perdón.

Con hilos rojos y un tono inolvidable.

Que hizo eco hasta las quince, y en las pesadillas de un don nadie.

 

Tic toc, hacía el reloj.

Al ser las dieciséis me enamoré del Sol.

Sus rayos frágiles me sujetaban con sutileza.

Su brillo tenue guiaba mis certezas.

Y mis errores también ¿quién diría?

Me acostó a las diecisiete, me dio mi mejor sueño.

Me abrazó a las dieciocho, me hizo temer al abandono.

Se asomaba el ocaso, eran ya las diecinueve.

Se esfumó como si nada.

Como si no me hubiese acompañado hasta las veinte.

Pero ya no había nada en mí.

Nada que recordara al viejo yo.

Todo se planteaba muy oscuro, todo se comentaba en murmullos.

Tic toc, hace el reloj.

A las veintiuna me enamoré de la Luna.

Estremeció, despejó, iluminó el sendero de la traición.

Le aullé como licántropo, desapareció entre petricor.

Como toda historia de desamor.

Atrajo el llanto, la manía por un final.

Revolcaba las cenizas de hojas quemadas tiempo atrás.

Agitando entre cabellos la penumbra de un deseo.

Omitiendo por anhelo que ya era muy tarde para el recuerdo.

 

Y a las veintidós todo se acabó.

Decía el viejo que el epílogo comenzó.

Sujetaron las ramas ilustradas en grafito.

Los oportunos ruidos de jóvenes conocidos.

No desmayes jamás.

Por ti y por nadie más.

Aguanta sino, un poco más.

Susurraban desde lejos porque acercarse los podía dañar.

Tic toc, las veintitrés marcaba y yo sin enterarme.

Unos toquidos en la puerta buscaban encontrarme.

¡Como les agradezco que me llamen a estas horas de la noche!

No tienen ni idea de cuánto extrañaba sus reproches.

A la razón, al valor y a la devoción.

Aún estando tan oscuro sigue sin ser tan tarde.

Un paso más, una firma en un papel.

Un recuerdo para el viaje, y una candela en el pastel.

Ya son las veinticuatro, ¡cómo pasa el tiempo!

Se me ha ido el día, y aún sigo despierto.

Preterición

Háblame de mí.

Dime a que huele mi saco por las tardes.

Cuántas cucharadas de azúcar le pongo a mi café.

Cuéntame cómo es el tono de mi voz cuando estoy feliz.

Háblame de mí.

De cuáles son mis historias preferidas.

De lo que me hace llorar y lo que me pone a correr.

Cuéntame cuál es aquella canción que una vez te escribí.

Cántala con una sonrisa mientras me hablas de mí.

Háblame de mí, y de todas las locuras que te prometí.

Cuéntame cuándo fue la última vez que me viste.

Y cuál fue la última palabra que te compartí.

Dime porqué alguna vez te elegí.

Cuéntame de dónde vengo y a dónde me fui.

Háblame, dime, cuál era mi hora predilecta para decirte que te amo.

Y a cuántos santos le recé para que volvieras.

Háblame de mí.

Cuéntame la única historia que jamás comprendí.

Qué zapatos llevaba el día en que te di la espalda.

¿Llovía, tronaba?

Cuéntame de lo que hice y de quién fui.

Vulpes Rosa

–”Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–.
Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado.
Eres responsable de tu rosa.”

-Antoine de Saint-Exupéry


A través de matices olvidados,
Dentro y fuera de designio inhumano.
Ella es la sangre y la textura
Que desmantela mi cruda abulia.

En invierno o en verano,
Por el alba o el ocaso.
Ella es la ira y la manía
que alimenta mis pesadillas.

Y yo soy un cazador solitario,
Sin esperanzas de vida.
Y ella es un adorno marchito e inerte,
Repleto de espinas.

A través de la niebla,
fría y espesa.
Puedo oler su desprecio,
Puedo sentir su displicencia.
Dentro y fuera de territorios vulpinos,
Escucho sus risas falsas y extintas.

Y yo solo soy un cánido esquivo,
Sutilmente herido.
Y ella es un fruto manchado,
Tristemente olvidado.

Quería vivir para siempre,
Y me aseguré de que lo hiciera.
Inmortalizada en mi memoria
Como una nefasta tragedia.

Toronjil de Mayo

Me han enterrado.

Bajo un prado húmedo y olvidado.

Rodeado de abejas y tallos temerosos del verano.

Soñando lúcidas sensaciones de una vida que ha terminado.

Me han dejado vivo.

Para aprovechar el dolor y el hastío.

Aligerando el tiempo que invierto arrepentido.

Bajo un cultivo de flores siniestras permanezco dormido.

Toronjil de mayo.

Detén mi corazón.

Tranquiliza las ansias que abaten mi razón.

Reanímame.

Dame el control de mis sueños.

Déjame vivir aún cuando no te tengo.

Necesito la dosis diaria de tu aroma.

Cúrame de esta enfermedad que me agobia.

Toronjil de Mayo.

Cesa del espacio que me has regalado.

Tan solo una vez más.

Sigo vivo y enterrado.

Karma

Le he visto.
Le llaman Karma.
Una vieja excusa.
Una pobre justificación.
Para mi falta de integridad humana.

Le he escuchado.
Cada vez que me llama.
Los segundos pasan.
La vida cambia.
El tiempo no cura pero mata.

Le he hablado.
Le llamo Karma.
Un frío intento.
Un tibio martirio.
Su silencio dicta que es a otro a quién ama.

Le he tocado.
Me ha rasgado el alma.
Las palabras van.
Los respiros se agotan.
Su desdén demuestra que no valgo nada.

El muerto

Quizá debería hacerme piedra.
Pasar inadvertido entre corrientes de franqueza.
Observar; así nada más, sin compromisos ni temores.
Por el cinismo, ese acompañado de una encantadora sinceridad.

Quizá debería hacerme hielo.
Omitir ésta espera por algo bueno, esta que lleva ya tanto tiempo.
Atravesar magnánimo los torrentes de apatía.
Esos a los que a fuerza me han venido acostumbrando.

A lo mejor me hago el pacifista.
El cobarde tras la bandera.
Y me retiro para enumerar cuántos días más quedan de guerra.
Negación, en santa declaración de paz llega el mensajero ignorante.
De ninguna manera esto puede estar pasando.
¡A lo mejor me hago el muerto!
Anonadado por la indiferencia, ¡yo soy alérgico a esa basura!
Y pretendo; entre anagramas de desamor voy a pretender…
Que quizá debería hacerme el desinteresado.

Sí, a lo mejor me hago el muerto.
Y disimulo, que no me entero que hablas como él.
Abrumado, entre tanta apariencia mórbida.
Y finjo, de paso por sueños retorcidos voy a fingir…
Que quizá debería hacerme el olvidado.